En el borde…algo (nos) pasa

sábado 22 agosto 2026
Encuentro clínico con la otredad desde el borde

La lectura es fundamental, acaso nos enseña a escuchar de nuevo. Tan cierto como que también escribimos para ser escuchadas… pensábamos en la necesidad imperiosa de escribir en estos tiempos, necesidad de ser oídas. Quizá la locura de este tiempo ya no sea hablar solo, sino escribir.

No siempre es fácil mantener la distancia en la clínica, estamos todo el tiempo atravesadas de historias y eventos, sin embargo, presumimos de una distancia que está solo a un palmo de la otredad. Leernos, relevar la otra cartografía, nos impulsa a una nueva actitud en la clínica, una escucha-observada, arriesgada, activa y curiosa. Un estar ahí, en la novedad al ver la presentación del otro que acude a nuestro encuentro.

Se presentan nuestras singularidades como un encuentro de mundos. Superpuestos, divergentes, yuxtapuestos, mundos que configuran un espacio no representacional que condicionan los procesos de codificación y sobre-codificación social, también al de categorización y en algunas situaciones de vulneración. Allí es donde se inscriben las distintas singularidades, los mundos frágiles que habitan en esta misma tierra.

Detenernos en el encuentro, para develar cómo han sido y devienen los procesos de subjetivación como condiciones de producción, nos permite bordearnos en ese reconocimiento de la otredad, sin embargo, las actuales condiciones nos empujan a seguir “para adelante” por eso, detenerse, mirar, escuchar, son actos políticos de resistencia y encuentro.

Así, en el encuentro clínico propiamente, nos convoca pensarnos juntos, pero por sobre todo pensar con otro, lo del otro. Embarcarnos en una topografía ajena, con nuestras naves, pero otras aguas. Acaso no se trate del río a navegar, si no del agua y del cauce que marcan las cartografía. Es un constante bordear, costas y paisajes. Un permanente devenir agua, mar, barco, náufrago, rescatista, rescatado. Oscilamos ante el sufrimiento del otro, muchas veces alojando con el cuerpo lo que no puede poner palabras y somos rescatados con el miramiento afectado.

Sentarnos a la orilla del otro, nos impulsa a escribir desde el borde.

Pensar en los espacios terapéuticos, de cuidado, en tiempos inéditos, no permiten la anticipación.

Un estar ahí, en inmanencia, una clínica situacional, cuando tampoco tenemos la certidumbre de cuánto tiempo nos estará alojando el encuentro. Los encuadres, la teoría en tiempos de escasez, de abandonos, nos devuelve la única seguridad de navegantes, estamos ahí, ahora en contacto, alojando y alojándonos en esta travesía que pretende recorrer una cartografía de dolor y vida, de experiencias, de olvidos y por qué no de recuperos.

Lo que va a ocurrir deviene del encuentro de nuestros bordes. En ese espacio que se abre y se nos muestra como universos colisionando. De pronto, lo inesperado acontece, en el sentido que Berenstein¹ nos propone, ese hecho que hace que hagamos algo, es a partir del cual ya nada es lo mismo. Aquello entre un hacer/actuar que se sale del guión-encuadre, ese que establecía claros protocolos de una realidad con mirada universalizada. Hay un marco teórico que se estremece, se incomoda ante múltiples realidades que lo reconfigura cada vez. Se ponen en movimiento estructuras y estructuralismo, posmodernismo, edipo y antiedipo, la performatividad de género, aquellos paradigmas que fueron convirtiéndose en doctrinas chocan con nuevas situaciones que llevan al lenguaje y las teorías al titubeo, ensayos que se enuncian para que podamos describir el nuevo paisaje donde transcurre nuestra existencia.

En tanto movimiento intentamos poner en el foco la afectación del terapeuta, en un sentido subjetivante, el ir siendo y deviniendo entre otros tras los encuentros. Por ello nos parece valioso recuperar el concepto de interferencia², que sucede en el encuentro, no complementa la transferencia pues es un efecto de exceso y no de falta, descompleta e introduce otro trabajo a realizar. La interferencia es un obstáculo, más es una producción específica entre consultante y terapeuta, por acción del encuentro – desencuentro dependiente de cada vínculo y cada subjetividad.

Asimismo, configura una de las vías de acceso a lo ocurrido y producido entre ambos, en tanto sujetos singulares que por acción del vínculo pasan a ser sujetos otros. En este encuentro, en conjunción o disyunción de dos ajenidades, empezará en el entre-dos, donde no son coincidentes. Ya no es solo la producción del otro, es lo que pasa con nos-otros.

Estos tiempos abren nuevos espacios para recuperar viejos saberes y acuerparnos en las micropolíticas, posar la mirada en los mecanismos de subjetivación, ponen en el trabajo de discriminar, observar, develar en la intimidad cuáles son las micropolíticas que en cierta manera encorsetan o modelan al deseo. Prestar el cuerpo y sus sentidos a rescatar aquellas que permiten la fluidez de las fuerzas vitales y dejan que tomen nuevas formas, cuando se realiza desde una perspectiva ética y activa como así también a aquellas que la encorsetan en lo ya conocido, manteniendo las formas y usanzas, anulando el deseo, desde una perspectiva “estética” o moral y reactiva.

Habitar y militar un verdadero cuidado de la otredad, de lo vital del deseo del otro que le permita acuerpar su mundo y su historia.

Desde los dogmas académicos, se siguen replicando lógicas reactivas que no permiten crear algo nuevo. Es así como lo ya sabido continúa siendo la herramienta para manejar lo desconocido. La repetición frente a la falla y el temor a probar algo innovador.

Cuidar lleva a visibilizar la novedad, lo inédito en el otro con el otro, esa potencia que se entrama y tiende redes, abre grietas y fisuras que parecen infranqueables y quizá lo sean porque es la misma de la configuración de esa otredad.

Es necesario activar la creatividad y el compromiso del trabajo con otros, en nuestro entorno y el estado (involucrando a la salud pública en un sentido ético) no es ajeno a nosotros.

Está inscripto en el caos la necesidad de hacer y construir sentidos nuevos, realmente innovadores, que rompan con la inercia de lo predecible y desafíen la resignación de creer que todo está dicho. Creemos que al trascender estos límites impuestos podremos escapar del ciclo estéril de la repetición y abrirnos a la posibilidad de lo inédito.

Desde nuestros propios dispositivos, desde nuestras micropolíticas, no se trata solo de cerrar heridas, sino de recorrerlas. Tampoco se trata sólo de recuperarnos, sino de aceptar el duelo de la ilusión de una totalidad, universalidad y globalidad que sin embargo tampoco no nos transforma en incompletos. Entender el proceso que vamos siendo con el otro/s y que devenimos juntos en felices, infelices, tocados, expuestos,

vulnerados y cuidados, pero siempre con otros y que sin el otro no hay humanidad posible.

En ese proceso está el desafío de parar o acaso demorarse para contemplar, para entender, para sentir, para respirar y oxigenar que nos permita conectar con otras posibilidades de vitalidad que sólo verán la luz si nos arriesgamos a lo diferente. Resistir la urgencia, resistir la homogeneización, resistir en estado revulsivo. Lo que proponemos es dejar de forzar el pensamiento universal porque sigue siendo una trampa, no hay recetas, solo somos nosotras pensando desde nuestra experiencia, con un diálogo entre nuestros interlocutores cotidianos.

La economía, la incertidumbre, la urgencia, la impotencia que habita en nuestros pacientes y en nosotros mismos se ofrecen como desafío y pensamos en el parar, detener, no como inacción sino como una observación atenta, un conectarse con este clima y apreciar si en este páramo podemos oler promesa de lluvia.

Planteamos como desde lo micro podemos transformar la desolación en motor de esperanza.

Autoras: Bolgán Soledad & Grosso Virginia

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